De lo que parece a lo que es


La fotografía ha padecido desde sus orígenes la maldición de ser considerada como prueba, como certeza, como el espejo de la naturaleza, es decir, aquello que atrapa y muestra la realidad. La fotografia ha padecido otra maldición: ser considerada como instantánea. Esto suponía que toda fotografía, en sí misma y como expresión de un instante del tiempo de la vida atrapado por el poder técnico en manos de los humanos, se bastaba y se sobraba como historia, como relato.

De estas dos maldiciones y otras que no nombro surgen grandes equívocos que, en ocasiones, son fruto de ese analfabetismo de la mirada que tanto nos prodigamos en cultivar. Pero también se abre el campo a que alguien instrumentalice una imagen haciéndole decir lo que ella no dice sino lo que quien la usa desea afirmar. Es algo así como un secuestro. El secuestrado debe decir a cámara algo que no nace de su voluntad sino que es lo que los secuestradores quieren que diga.

Hoy proceso esta imagen tomada en Zaragoza el pasado diciembre. Y cuando la miro, una vez terminada, me percato de que tanto por el aspecto de la escultura (un cuerpo de hombre, desnudo, bello, escultural) como por el gesto de la mano de ese hombre alguien podría usarla para ilustrar un texto o un artículo sobre el fascismo. Imagino al autor de esta obra, el aragonés Pau Gargallo, subiéndose por las paredes cuando alguien le explicara el significado del fascismo. Nada más alejado de la realidad que contiene la imagen como reproducción creativa de una escultura. Digo reproducción creativa porque mi encuadre reelabora la imagen: no muestra la totalidad de la obra de Gargallo porque en este momento es mi obra.

La imagen fotográfica no puede ser entendida como un texto natural, fácil, inmediato. Pero a pesar de que hoy se toman más fotografías en un día que las que se hicieron en toda la historia de la fotografía en decenas y decenas de años, seguimos sin acabar con esas maldiciones.